Discurso íntegro Premios Xuventude 2025
Nota previa: Ante la duda de la duración adecuada y la abundancia de premios, preparé un par de opciones diferentes, que acabarían siendo una incluso más reducida que la breve establecida durante la gala. Aquí reúno el total de alternativas y parte de los descartes en un único texto, por considerar sus palabras como muy necesarias para aquella gente que participa en certámenes literarios y artísticos en general.
Buenas tardes:
Agradecer al jurado que me hayan elegido y, a la Diputación, la iniciativa. La oportunidad de estar aquí esta noche. La de reencontrarme con gente extraordinaria que me alegra un montón ver de nuevo, y la posibilidad de conocer a gente nueva entre la que, por seguro, habrá también extraordinaria.
Como el ganador, en cualquier caso, no soy yo, sino mi relato XXXXX, me gustaría dedicarle unas palabras a la realidad que transmite. En él, gente se entretiene criticando a una persona en riesgo de exclusión social sin conocer sus circunstancias, por el mero hecho de pasar el rato y ganarse la aprobación del de al lado. Por desgracia, esta deshumanización de las personas no es algo fabulado. No es una exageración para volver más sangrante este relato de crítica social: es un simple reflejo de lo que cada día estamos viviendo con más intensidad en cada ámbito de la vida.
Nos vendemos de abiertos, pero cada vez más, estamos empezando a considerar a quien no dice lo que queremos escuchar como alguien ajeno, malvado, marginable. Encontramos en cada error en el discurso obligatorio una ocasión perfecta para funar a alguien y ganarnos unos likes. Al mínimo desacuerdo con alguien, lo apartamos de nuestra vida y nos refugiamos en gente que creemos que es más como nosotros. Aunque parezca que lo logramos, nunca encontramos a iguales, ya que como el ocio, la cultura y las aficiones son cada vez más individualizadas, más diferentes somos todos de todos. Y eso, aunque parezca que no, es algo genial.
La diferencia no nos puede dar miedo. El no compartir opinión no supone no poder escuchar; el no estar de acuerdo con alguien no implica tener que discutir con él o darle la razón. No todo es blanco y negro, pero estamos matando los matices, los grises: la diversidad es lo que hace a una sociedad grande. El castigo del pensamiento y el comportamiento diferente nos conduce a lo reaccionario y a dejar de considerar persona a quien no piensa como nosotros. ¿Y sabéis a qué lleva el dejar de considerar a otra gente como personas? A sentirse libres de ser inhumanos con ellas. A autojustificarse prácticas de marginación, de discriminación, de represión de pensamiento. A limitar la libertad de expresión, de vestuario, de sentimiento; a forzar a la gente a no sentir como siente; a la frustración, al rencor. Sentir que quien no piensa, siente o vive como nosotros no es humano es toda una excusa para legitimar la violencia contra él. Y cuando la violencia se siente legitimada y defendida, eso se llama guerra.
Cerrando la parte de XXXXX, considero que este premio no va solo para este cuento, sino para todos esos relatos y novelas que he escrito durante toda mi juventud y que seguramente nunca llegarán a ser leídos por nadie. Por ello, me gustaría dedicar el resto de mis palabras a toda esa gente anónima que insiste en hacer arte de cualquier tipo por vocación artística pese a estar a la sombra del concurso de popularidad en que se ha convertido el mundo artístico y, en especial, el literario.
La escritura, como muchas de las otras artes, es una disciplina en la que, cuanto más escribes, más oficio y herramientas tienes. Quizás por ello, se nos dice mucho aquello de que es una carrera de fondo. Que hay que ser la tortuga que acabe ganando a la liebre desconsiderada mediante pasitos cortos pero firmes. Pero eso no funciona a día de hoy. A día de hoy, la liebre conduce un BMW, te atropella en la línea de salida y te deja moribundo mientras acelera a la meta para hacerse selfies mientras se le aplaude. No juegan a lo mismo. En lo literario, se está viendo claramente.
Se está publicando narrativa por el número de seguidores a gente que reconoce no haber escrito nunca. Se está premiando a gente por su nombre y no por la calidad de sus textos. Se está resucitando la figura antes conocida como negro literario y ahora escritor fantasma: esa persona que se ve obligada a vender por cuatro duros su trabajo y su talento a alguien popular que le extiende un contrato de confidencialidad, firma la obra a su nombre y se lleva los halagos. Y ¿qué se nos vende? Que todas estas malas prácticas obedecen a la supervivencia del sector: que publicar a gente sin nombre no asegura unos ingresos y esto supone el posible cierre, la pérdida de puestos de trabajo. Se nos vende al tiempo que se entrega un millón de euros a tertulianos de programas destinados a la tríada de generar miedo, tristeza y odio en sus espectadores.
Qué mal habla de nuestra sociedad que hayamos convertido la cultura y el arte en meros productos de consumo, cuya publicación dependa de su capacidad de ser vendida y no de su calidad literaria, humana o artística. Qué mal que aquellas personas que no dedican su tiempo a su visibilidad, sino a potenciar su talento artístico en silencio y por amor al arte, se queden sin posibilidades reales de que alguien las lea y puedan acabar dejándolo.
Yo tengo la suerte de que, se me reconozca o no, nunca voy a renunciar a la escritura. Yo voy a seguir con ello siempre, porque ya hace mucho tiempo que he entendido que vivo para ser feliz, y que escribir es de lo que más me llena en esta vida, junto con hacer sentir bien a las personas que quiero y poder compartir mi existencia con una persona como Syl, que me llena la vida de amor y belleza. Pero hay personas que no tienen mi suerte. Personas que escuchan una vocecilla que les repite que, si nadie las lee o les reconoce un poco su trabajo, no vale la pena seguir haciendo arte. Y que, un día, le hacen caso.
Por eso iniciativas como estas son tan necesarias. Concursos honrados que premien a gente por su calidad literaria y no por temas externos como los seguidores o el estatus. Si me han premiado a mí —que no llego ni a mil seguidores en Insta, que no tengo ni quiero participación alguna en política— es que este es un premio honrado. Así que enhorabuena al resto de premiados, que imagino que lo son con igual limpieza; enhorabuena a la Diputación por el fomento de estas iniciativas, y todo mi ánimo a esa gente invisible que sigue haciendo arte en silencio pese al barullo al que la sociedad nos somete.
No se nos escuchará, pero seguimos sonando.
Muchas gracias.
Hubiese estado bien poder haber dado este discurso, o la versión más corta, en la que me quedaría con esta última parte. Por desgracia, una vez más, los premios recaen en otros textos, en otras personas que por seguro merecen tal reconocimiento.
El año que viene no podré volver a presentarme: habré dejado de cumplir las bases. Nunca podré verme ante toda esa gente tan talentosa y poderles contar algo como lo de arriba. Me da rabia que el segundo y tercer premio de la categoría ni siquiera hayan podido asistir o enviar a alguien para decirnos unas palabras: siempre está bien escuchar a quien es premiado por ellas.
Al menos tuve la suerte de charlar con gente interesante entre croquetas y demás cosas ricas. Conocer la extraordinaria pasión por la fotografía del premiado Xoan Moreiras; a algunas de las talentosas personas reconocidas en las categorías de audiovisuales o banda diseñada, de cuyos nombres quiero pero no puedo acordarme. Ha sido una gran experiencia.
Quién sabe, tal vez llegue el momento en que pueda defender a viva voz la diversidad, el amor, la cultura. Por lo pronto, hoy es un nuevo día, pese a las nubes, precioso. Y toca escribir en silencio.
Y toca seguir sonando.

Creía y creía hasta que llegué al final. ¿Alguna vez seremos reconocidos por algo ante instituciones? Bueno, da igual; nos reconocemos entre nosotros, y eso me llena más porque sé que es genuino. Abrazos 🫂